El decrecimiento feliz – la economía basada en el tiempo libre

Hoy vivimos en un mundo cada vez más globalizado, interconectado, desigual y tecnológico. La riqueza de los Estados se mide en función del crecimiento del producto interior bruto (PIB), es decir, un flujo de riqueza puramente mercantil y monetario.

El crecimiento no es otra cosa que la progresión del PIB, o sea, de todas las producciones de bienes y servicios vendidos o a los que se puede atribuir un valor monetario. Hoy en día, la política depende exclusivamente de los resultados de la economía: si esta última crece, no hay de qué preocuparse, el gobierno lo está haciendo bien. Pero ¿es realmente así de simple?

¿Qué mide el PIB?

Robert Kennedy, hermano del célebre expresidente John, sostenía que nuestro PIB incluye también la contaminación del aire, la publicidad de los cigarrillos y las carreras de las ambulancias que recogen a los heridos. En sustancia, el PIB lo mide todo excepto aquello que hace que la vida valga la pena ser vivida.


¿Creemos que realmente es posible un crecimiento infinito en un mundo finito? La sociedad del crecimiento, es decir, nuestra sociedad capitalista tal como la conocemos hoy, no es deseable y no funcionará para siempre por al menos tres razones:

  1. produce crecientes desigualdades e injusticias,

  2. crea un bienestar ilusorio,

  3. desarrolla una “anti sociedad” enferma de su riqueza y, a fin de cuentas, poco armoniosa incluso con los propios ricos.

    Basta saber que el ingreso anual medio africano es inferior al ingreso mensual del trabajador francés con el salario mínimo para darnos cuenta de que algo no cuadra.

El decrecimiento como vía de escape

El desarrollo sostenible es una palabra inventada para encubrir el verdadero objetivo de la economía: el crecimiento. El engaño del desarrollo como intento para ahuyentar el fantasma del crecimiento reside en que, bajo los nuevos ropajes del desarrollo “sostenible”, se reencuentra el crecimiento en toda su fuerza. Lo sostenible está ahora en todas partes: sostenibilidad social, financiera, ciudades sostenibles, empleos sostenibles, etc.

Cuando un ejército se encuentra en un callejón sin salida, tarde o temprano tendrá que cambiar de dirección y entonces esa retaguardia se convertirá en la vanguardia. Y esta es la única solución para salvar a la raza humana: volver atrás. A los partidarios del decrecimiento se les define a menudo como terroristas de la modernidad que quieren regresar a la Edad de Piedra. No es así. Pero ¿cómo es posible obtener un decrecimiento del PIB (que comportaría también un menor uso de los recursos naturales y más desempleo)?

Una simple desaceleración del crecimiento envía a nuestras sociedades a la crisis, produciendo desempleo y el abandono de programas culturales, sociales y ambientales. ¿Qué catástrofe sería un crecimiento en negativo? Así como no hay nada peor que una sociedad fundada en el trabajo sin trabajo, no hay nada peor que una sociedad del crecimiento sin crecimiento. El decrecimiento solo se puede plantear dentro de una sociedad del decrecimiento.

Partamos de las 8 R de Serge Latouche, economista y filósofo francés, además de inventor y visionario de la teoría del decrecimiento. Él propone el siguiente esquema teórico basado en ocho puntos esenciales:

  • Reevaluar: Revisar los valores en los que creemos y en función de los cuales organizamos nuestra vida.

  • Recontextualizar: Modificar el contexto conceptual y emocional de una situación, o el punto de vista según el cual se vive, para cambiar completamente su sentido.

  • Reestructurar: Adaptar en función del cambio de valores las estructuras económico-productivas, los modelos de consumo, las relaciones sociales y los estilos de vida, para orientarlos hacia una sociedad de decrecimiento. Cuanto más radical sea esta reestructuración, más se desarraigará el carácter sistémico de los valores dominantes.

  • Relocalizar: Consumir esencialmente productos locales, producidos por empresas respaldadas por la economía local. Por consiguiente, cada decisión de naturaleza económica debe tomarse a escala local, para necesidades locales. Además, si bien las ideas deben ignorar las fronteras, los movimientos de mercancías y capitales deben reducirse al mínimo, evitando los costes vinculados a los transportes (infraestructuras, pero también contaminación, efecto invernadero y cambio climático).

  • Redistribuir: Garantizar a todos los habitantes del planeta el acceso a los recursos naturales y a una distribución equitativa de la riqueza, asegurando un trabajo satisfactorio y condiciones de vida dignas para todos.

  • Reducir: Tanto el impacto sobre la biosfera de nuestras formas de producir y consumir como los horarios de trabajo. El consumo de recursos debe reducirse hasta volver a una huella ecológica equivalente a un planeta.

  • Reutilizar: Reparar los aparatos y bienes de uso en lugar de tirarlos a un vertedero, superando así la obsesión, funcional a la sociedad de consumo, por la obsolescencia de los objetos y la continua “tensión hacia lo nuevo”.

  • Reciclar: Recuperar todos los desechos no decomponibles derivados de nuestras actividades.

Los efectos provocados por las crisis del sistema capitalista son bien conocidos y cada vez más frecuentes. A pesar de esto, la concentración de la riqueza sigue siendo una constante inmutable en el tiempo y en el espacio. Es necesario repensar nuestro modelo de vida, olvidándonos del desarrollo sostenible. Debemos crear una sociedad basada en el tiempo libre, no en el trabajo. El tiempo libre utilizado para amar a nuestros hijos, cuidar de nuestros padres ancianos, correr, leer, crear y vivir una vida que valga la pena ser vivida.

Si están interesados en el decrecimiento, pueden profundizar leyendo las obras de Serge Latouche y Maurizio Pallante, como La apuesta por el decrecimiento y Solo un decrecimiento feliz (selectivo y gobernado) puede salvarnos.

Luca DI PIETRO

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