Crónicas desde la barra del bar: el narcisismo histórico y el bloqueo a Cuba

Granada, sábado 23 de mayo de 2026

Hay mañanas, como la de hoy, en las que el sol de Granada invita a reconciliarme con el mundo exterior y con un largo fin de semana, a apagar las pantallas y a recuperar el viejo gusto del papel. En el quiosco de la esquina, el vendedor sonríe mientras me entrega El País: “Son dos euros cincuenta”. Al tacto áspero de las páginas dobles se le suma siempre un eco de la memoria, un lazo invisible que me une a finales de los noventa, en un pequeño pueblo del centro de Italia. Allí, mio nonno Natale cumplía el mismo ritual cada día, sagradamente, comprando la Gazzetta dello Sport para luego devorarla con sus amigos en el bar de siempre.

Sin embargo, la nostalgia dura tanto como tarda en abrirse la sección internacional. En las páginas dos y tres, la realidad golpea con la misma herida abierta de siempre, o sea la crisis humanitaria en Cuba. Una situación bloqueada, asfixiante, que no avanza y de la que parece imposible escapar. Al leer los titulares, uno no puede evitar preguntarse: ¿dónde está el límite? ¿Hasta dónde es capaz de llegar el ser humano con tal de retener el control del poder, con tal de asegurarse un renglón en los manuales de historia? La respuesta incluye nombres y apellidos perfectamente identificables: Donald Trump, Marco Rubio y la cúpula de la administración estadounidense. Lo que ejecutan a diario no es diplomacia, sino una obsesión narcisista por el legado. Buscan con desespero ser recordados por la posteridad como los “libertadores” que pusieron fin al comunismo y al castrismo en la isla caribeña.

Pero de libertadores no tienen nada. Sus métodos se asemejan más bien a las dinámicas más oscuras de los grandes dictadores del siglo XX. Se ensañan con una población desprovista de recursos, desarmada y sin medios para defenderse de un asedio artificial. Un bloqueo total que, guardando las distancias, evoca trágicamente al que sufre Palestina por parte de Israel; solo que aquí, la geografía insular facilita la tarea: no hacen falta muros cuando el aislamiento se puede imponer mediante patrullas navales en el mar (han llegado los policías). Tras haber restringido el acceso a todo lo básico, ahora la amenaza es la inoperancia absoluta.

A estos estrategas de despacho en Washington habría que recordarles que detrás de sus gráficos de presión política hay gente real que sufre y que muere. Una población que no ha merecido, ni merece, este castigo colectivo. Mi mente vuela inevitablemente al viaje a la isla el año pasado. Si entonces las dificultades ya eran extremas, hoy me resulta complicado y un ejercicio de ficción imaginar cómo sobreviven a la rutina de los constantes apagones Fanny, María, Rogerio y todas las personas lindas conocidas en ese viaje.

Las simpatías ideológicas aquí deberían quedar al margen. Se puede ser de derechas o de izquierdas, se puede apoyar o no el castrismo; pero ahora y en 2026 ante la miseria humana, ante un pueblo que literalmente muere de hambre, sin energía, sin medicamentos, el análisis político debe ceder el paso a la exigencia de justicia. Y no me refiero únicamente a la justicia de los tribunales, sino a la de los propios libros de historia en los que estos dirigentes ansían figurar. El futuro deberá recordar a estos señores no como héroes, sino por lo que realmente están haciendo hoy, infligir una tortura sistemática a millones de inocentes.

Paso la página con el estómago revuelto, justo en el momento en que el camarero deja sobre la mesa mi tostada con tomate. Desde este rincón privilegiado, arranca el día.

Luca Di Pietro

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Portada: Créditos de imagen: imagen generada con Gemini AI


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