¿El espejo de los gobernados? El peso del dinero y el éxito individual en la nueva Colombia

Editorial del 23 de Junio de 2026

No será “El Tigre” (Abelardo de la Espriella) quien hunda a Colombia de nuevo en el caos absoluto ni quien destruya por completo el proceso de paz iniciado en 2016, una pacificación nacional que llegó tras 50 años de conflicto armado entre el gobierno, los paramilitares y las guerrillas de extrema izquierda de diversas inspiraciones (marxistas, leninistas, maoístas, etc.).Tampoco llevará al país de regreso a la Edad Media porque, como señalaron analistas en diarios como El Espectador o El País en los últimos días, Colombia es un país estructuralmente conservador donde los cambios profundos ocurren de forma lenta. 

Sin embargo, lo que sí hará “El Tigre” será reducir el ya escaso espacio para los derechos humanos y debilitar las garantías institucionales que apenas comenzaban a consolidarse en los territorios más golpeados por la violencia. No es una casualidad que De la Espriella haya perdido justamente en las zonas más afectadas y complejas del conflicto. Históricamente, en las regiones que han sufrido directamente la guerra, los candidatos de derecha o contrarios al acuerdo de paz no suelen ganar.

Este nuevo presidente no representa un fenómeno inédito; es una figura que sigue la línea de líderes como Javier Milei, Nayib Bukele, Donald Trump o Jair Bolsonaro. Son perfiles conocidos cuyo impacto negativo en el sistema ya hemos visto: líderes que no creen en el sector público y que surgen de las élites sociales. Gracias a ese origen, dicho con ironía,  se presentan como personas exitosas con carreras espectaculares que justifican los cargos que ocupan hoy.

Con su llegada, Colombia experimentará un retroceso. Un paso atrás porque en las promesas electorales no hay nada nuevo: soluciones sencillas a problemas complejos. Son eslóganes de marketing y mucho humo, no porque no sean viables, sino porque, incluso cuando se hagan realidad, no reportarán ningún beneficio a la mayor parte de la sociedad, como ya se ha demostrado en casos emblemáticos como los de Brasil y Argentina en los últimos años, donde estos recortes han agravado aún más la polarización de la sociedad y el odio recíproco entre comunidades. Aunque espero que el conservadurismo de la sociedad colombiana actúe como un freno a sus ambiciones, como lo hizo con Petro, el caso de este país es un claro ejemplo de una dinámica global: en una sociedad donde se concentra el dinero y el poder, donde se gastan millones de euros en campañas electorales y donde domina el insulto y la voz más alta, se puede llegar a la presidencia. Como se decía en Italia durante los gobiernos de Silvio Berlusconi, los gobernantes terminan siendo el espejo de sus gobernados. Muchos ciudadanos colombianos creen que el dinero, la prepotencia y una actitud autoritaria son sinónimos de realización personal. Por eso, “El Tigre” representa los valores de la mitad del país (49.7% al parecer esperando el recuento), reflejando una sociedad profundamente fracturada que ahora deberá lidiar con una enorme división interna.

Para el nuevo y futuro presidente, parece que las fumigaciones aéreas con glifosato son la única forma de acabar con la coca. Es como una película de terror y volver a los años de Uribe es prueba de que la historia siempre se repite y que, al final, no se aprende nada. Estas no sirven para frenar la producción, sino solo para envenenar la tierra y a los campesinos, dañando a las comunidades más vulnerables con tanto pesticida y al cabo envenenando a todo un país. 

Desde estas líneas, y de esta organización, envío mi apoyo y reconocimiento a los defensores de derechos humanos y líderes de organizaciones comunitarias que trabajan en los departamentos periféricos y rurales de Colombia, desde la Guajira hasta la Amazonía y el Chocó, quienes inevitablemente se sentirán abandonados por las instituciones del Estado. En este escenario de previsible debilidad institucional, donde las políticas públicas se verán reducidas al mínimo bajo el mandato de “El Tigre”, es urgente que la cooperación internacional recupere su rol estratégico. Sin embargo, la experiencia reciente de países como Cuba nos demuestra que, cuando se rompe el diálogo político, resulta sumamente difícil conseguir y canalizar fondos para el desarrollo. El desafío para las organizaciones internacionales será mayúsculo. 

Luca DI PIETRO

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