El turismo que mata el archipiélago de San Andrés y Providencia

San Andrés se encuentra en el corazón del mar Caribe y forma parte del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. En la isla, que pertenece a Colombia, no faltan playas de arena blanca, agua cristalina, palmeras verdes y un viento cálido todo el año. Para visitarla vienen turistas de todo el mundo, sobre todo de Argentina y Brasil, y la entrada cuesta 120 mil pesos colombianos (unos 40 euros), dinero que va a parar directamente a las arcas del gobierno colombiano para garantizar la sostenibilidad de la isla y limitar el acceso al turismo masivo. «Qué buena idea», pienso al principio; con este dinero se protege la biodiversidad y el hábitat del archipiélago no corre riesgo de extinción. La isla no parece tener nada que ver con Colombia: todo es muy seguro y hay policía por todas partes, lo que da una sensación de seguridad a los turistas.

Me muevo hacia el sur, solo, y reservo un tour en kayak. La empresa turística está formada por una pareja de unos cincuenta años y los padres de ella. La mujer me da instrucciones útiles para la excursión, pero quien nos acompaña es el marido. Somos 8 personas: tres parejas, el guía y yo. Los kayaks son dobles y yo me subo con el guía, un hombre de un metro ochenta de estatura, piel oscura, nacido en Nicaragua pero residente en San Andrés desde hace 30 años. Nos explica de entrada que el ecosistema de la isla ha cambiado a lo largo de los años; los narcotraficantes y el gobierno colombiano están explotando este paraíso para hacer dinero y blanquear la plata de la droga. «El cártel de Medellín y el de Cali vienen aquí a hacer negocios», nos dice, «el dinero de la droga se utiliza para construir hoteles y complejos turísticos». «San Andrés tiene casi más policía que Bogotá; vienen aquí porque se vive bien y se gana muchísimo dinero, están todos corruptos». Nos enseña cómo los residuos de la gasolina que usan las motos de agua están destruyendo las plantas acuáticas, y vemos medusas muertas por culpa de las lanchas motoras que cruzan la isla a toda velocidad como proyectiles.

Él y yo estamos en el mismo kayak, así que mantenemos una buena charla. Le digo que tengo 24 años y él me responde que mañana cumplirá 48: «Tengo el doble que tú», exclama riendo.

El tour dura dos horas e incluye también esnórquel: peces y anémonas habitan esta parte de la isla, maravillosa para mí, pero para el guía cada vez más pobre y con un ecosistema cada vez más frágil. Al final del tour le pregunto qué será de este paraíso al borde de la extinción dentro de veinte años. Él me dice: «Las cosas cambiarán, no sé cuándo, pero cambiarán». Lo miro a los ojos y no puedo evitar creerle.

Al volver a la tienda nos encontramos con una sorpresa: la suegra del guía nos ha preparado un pequeño aperitivo a base de patacones y pescado acompañado de un jugo. Una empresa familiar que funciona y respeta el medio ambiente, porque los tours que ofrece no tienen un impacto negativo en la biodiversidad ni en el entorno. La empresa se llama Ecofiwi.

Antes de terminar, me gustaría dar un consejo a todos, viajeros ocasionales o no: cuando vayan a islas o a localidades costeras similares, eviten alimentar un turismo salvaje como el de las motos de agua u otras actividades que puedan dañar el medio ambiente en la misma medida. Si cada vez menos gente opta por este tipo de excursiones, no tendrán más remedio que reconvertir su negocio en otra cosa, quizás en actividades más sostenibles y respetuosas con el ecosistema.

Cuentos de viaje, octubre de 2017, Luca Di Pietro

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